lunes, 22 de septiembre de 2008

MI PRIMERA VEZ...

Cerré la puerta tras de mí y pulsé el botón del ascensor.

Durante la espera me analicé a mi misma. Siempre me imagine como sería, pero ya se sabe que una vez lo haces puede no resultar como esperabas. Sentía una enorme satisfacción que llenaba mi cuerpo de calma y bienestar. Era como si un elefante de media tonelada se hubiera bajado de mis hombros y me parecía estar a punto de alzar el vuelo. Un timbre perturbó mis pensamientos.

¡Buenos días! -dije con entusiasmo al abrirse las puertas del ascensor. Una ancianita encantadora me respondió amigablemente.

El aire era distinto, y el sol brillaba en un cielo azul y despejado. Yo avanzaba en una media danza mientras veía un mundo nuevo abrirse enteramente a mi. La gente corría de un lado a otro entre obligaciones, pero yo había terminado con el último de mis asuntos pendientes y me deleitaba en la irresponsabilidad.

Decidí concederme un buen desayuno, zumo de naranja, tostadas de pan integral artesano con queso fresco y mermelada y un capricho de chocolate como clímax. Para terminar inundaría mis pulmones con humo de calidad gourmet importado de los Andes.

Con la primera calada una contracción muscular me recorrió el cuerpo de placer. Luego las imágenes volvieron a mi cabeza mientras miraba a través de un enorme ventanal en aquel pequeño café.

El crujir de sus mandibulas me robó una sonrisita. Alli estaba él, a sus cuarenta y cinco años y con media vida por delante, viendo como una pequeña encantadora estiraba hasta romper su finísimo hilo de plata.

Recuerdo su cuerpo retorcerse mientras yo hendía la afilada cuchilla de afeitar en la arrugada piel de sus testículos. Siempre pensé que se le pondría dura por lo menos, pero él prefería dominar... Supongo que el rol de mártir es sólo teoría para los hipócritas cristianos. Prefería no mancharme mucho. Así que pensé que era él quien debía seguir con el trabajo sucio. Desaté una de sus manos y le acerqué la cuchilla en una bandeja bañada en oro de no se qué puto rey del siglo XV. Sus clases de historia no habían resultado muy útiles estos últimos años, así que le dí otra oportunidad. Volví a depositar la bandeja sobre la mesa de su enorme salón y me puse a juguetear con la cuchilla mientras le apuntaba con el arma de mi difunto padre.

Explicamelo otra vez- le dije- ¿A quién pertenecía esta bandeja?

La mordaza no le permitía emitir sonidos coherentes, sólo balbuceaba como una masa de carne sangrante, mientras inútilmente intentaba librarse de las correas que sujetaban fuertemente los puntos clave de su cuerpo.

No me gusta que intentes escapar, sobre todo cuando he preparado esto lo mejor que he podido.

La silla en la que te encuentras es una pieza única en el mundo. Parece mentira que no lo sepas. Tus colegas del Opus Dei estarían avergonzados. Es el trono del Papa Pio VI y data del 1780. Ah! Mira, ¿Y ves esos candados?, pensé que sólo serían mera ornamentación, que debería comprar unos nuevos y relucientes que romperían la estética de la sala, pero son buenos ¿eh? Las cárceles antiguas eran más seguras que las de ahora.

Bueno ya está bien, creo que es hora de continuar... Volví a acercarme con la cuchilla entre los dedos y la rocé sobre sus palidas mejillas. Luego la sangre comenzó a resbalar lentamente por su cara. Entre sus piernas había un charquito denso que se expandía por momentos. Pero aún quedaba tiempo. A ese ritmo tardaría dos horas más en perder la consciencia.

¿Te gusta? -le pregunté con interés- A un depravado como tú suelen gustarle los rituales ¿no?. Yo estoy disfrutando mucho, no conocía esta faceta mía, gracias.

De nuevo le ofrecí la cuchilla. Se resistía a cogerla pero un fuerte golpe en la cabeza le hizo entrar en razón y me mostró obediente la palma de su mano. Yo deje caer en ella la hoja afilada y envolví con mi mano su puño apretando todo lo que pude. El se estremeció con la distensión de sus tendones al cortarse y emitió un desagradable sonido.

Ya no podrás hacerte más pajas -le dije compungida, y realmente lo sentía, lo juro. Acababa de quitarle a ese hombre el 90% de su ocio. Bueno, pensé, aún puede pagar alguna puta para que haga el trabajo. Pero la compasión se evaporó en seguida y decidí continuar.

Su escroto se deshacía por momentos, daba pena verlo, y su pequeño miembro se encogía queriendo desaparecer. Pero había llegado su turno.

No quería quitarme los guantes, me gustaba ese aire de elegancia que me daban emulando a las actrices de los años 20, así que deseché la idea de ponersela dura para que los cortes fuesen más limpios. Además hubiese sido difícil con la cantidad de sangre que ya había perdido.

Empezaba a aburrirme un poco esto de la venganza, no es mi estilo y además me estaba entrando hambre, así que en unos cuantos movimientos convertí a aquel hijo de puta en una fuente de doce chorros a presión, dejando su virilidad para el final.

Aquello le hizo contorsionarse como un gusano boca arriba y antes de que comenzará a desfallecer corté su polla como las longanizas antes de freirse.

Todavía estaba consciente cuando recogí las cuchillas y me dirigí hacia la puerta de su casa.

Todo hombre merece intimidad para morir solo -le dije como despedida.

Y guardé las cuchillas y los guantes en el bolso. Abrí la puerta de su casa y me quité al salir el gorro liberando de nuevo mi pelo.

Cerré la puerta tras de mí y pulsé el botón del ascensor.

Durante la espera me analicé a mi misma...