martes, 5 de mayo de 2009

PENAS ESPONTÁNEAS

Dos hormonas andantes se cortejaban en la habitación contigua...

... mientras mi mente atendía a un feroz proceso de envejecimiento celular y mis entrañas se arrugaban replegandose sobre sí mismas.


Mi vida estaba cada vez más vacía, a excepción de un odio que se enfrentaba a cualquier atisbo positivista.


Tenía ya 80 años y estaba como suele suceder, asqueada de la vida.

Me encontré de un año a otro penetrando en la última etapa de una vida absurda e incompatible con el mundo.

Sólo me quedaban ganas para huir, para escapar de un ciclo incesante de mierda putrefacta que me envolvía desde hace ya varios años.

No pensaba que aquello cambiaría, pero tampoco esperaba que acabaría con mi vida.

Y aquí me hallo, esperando un resurgir del espíritu que nunca llega, tan anhelado, tan imposible...